Prólogo de Orfila Bardesio

Ojos del Viento - Poesía (1980)

Ojos Del Viento

Prólogo de Orfila Bardesio

La poesía de Clara Barnatán (Prólogo)

Cuando leemos los poemas de Clara Barnatán nos sorprende cómo ella rodea con imágenes el misterio sin entregarlo; cómo el misterio pacta con la claridad sin perderse.

¿Por qué sucede eso en sus poemas? ¿A dónde nos lleva ese pacto? El misterio no se pierde con la claridad porque estamos presenciando lo más serio que existe: el Juego, “la pura necesidad de existencia”, signo decía Rilke, de la verdadera poesía.

El poema se expande como una flor, un árbol, una estrella, una piedra, el mar, como quería Vicente Huidobro que fuera.

Jacques Maritain vio en la poesía la presencia del ser: el poema es un velo transparente a través del cual aparece el ser: en último término la grandeza del poema depende del ser, como Rilke también lo afirmó.

A través de los poemas de Clara Barnatán aparece un ser profundo que trasciende a las raíces universales de lo humano, y aparece la lucha secular entre tradición y descubrimiento, como por ejemplo en el poema “Lamento”:

Viejos gigantes
tocan el cielo.
Ventanas abiertas
al temblor de mariposas,
lenguas de luz apurada.
Pescadores ocultos
en la ebria madera revuelta.
Corazón de piedra
sin gritos verticales.
Puertas de olvidados párpados.
Mendigos de papel
en la ternura que no tiene prisa.
Polvo de nadie.

A veces, tradición y descubrimiento —día y milenios—, celebran su encuentro, no de un modo macizo, sino palpitante como en las imágenes de las mariposas:

“Ventanas abiertas al temblor de mariposas”

y aparece una criatura de rostro calcinado por el fuego de leños del antes y llamas del ahora:

“Con párpados fragantes
de una tierra
dulcemente virginada.
¡Era el instante de lo eterno!” (“Dolor”)

donde sucede la transmisión de lo secular, la fidelidad a los ríos del tiempo, a los caminos llegados:

“Allí el universo se detuvo.
Delirando estrellas, nos fundimos
hasta perdernos”. (“Dolor”)

y el trabajo de inteligencia penetrando en el mundo de valores sagrados como viento arenado en la piedra de las Pirámides:

“Regreso
de antiguas letanías
al abrigo inesperado
de tus violines”. (“Encuentro”)

y el gozo de llegar a la sonrisa, el ademán de ser mano tendida para recibir el presente como un fruto dorado:

“Ser
agua,
transparente papiro
donde el viento cuelga
su ala de golondrina”. (“Despertar”)

No se qué encanta más en este ser secreto que transparentan los poemas: si la celebración augusta de las tradiciones que realiza en su sangre sobre invisible altar de agilidades o la puerta que abre con el gesto gozoso de niña siempre reciente:

“Incendio de palmeras,
desiertos ausentes.
Cerrados capullos de estelas vírgenes.
Manos temblorosas,
largas de tiempo
Eterna sed de dar! (“Despertar”)

El encuentro entre tradición y nacimiento no se produce sin dolor; gracias a él lo anterior ingresa en lo nuevo:

I)
“Cierro los ojos
para ver.
Siento el mundo
que no hay en mí”. (“Soliloquios”)

Ese instante está dado en su poesía en donde el morir es necesario para el nacer; por eso, la sonrisa en Clara Barnatán viene desde lejos a su rostro y su presencia, ceñida por siglos, es tan flexible en el espacio ardiente de lo nuevo:

II)
“Ser todo.
Ser nada.
Ser,
apenas humana”. (“Soliloquios”)

El combate: “Le vierge, le vivace et le bell aujourd’hui va-t-il nous déchirer avec un cop d’aile ivre” corno dice Mallarmé en “Le Cygne”, el golpe de luz se siente a través de ella como manzano florecido levantado desde la tierra sobre las raíces hundidas:

I)
“Día,
sorda miel
de mi libertad descalza”.
(“Soliloquios”)

No llora sin esperanza. Su fuerza es probada como cristal templado, por eso el sol puede irisarlo:

“Esmeraldas
de tentaculares silencios
recorrieron
la moribunda mirada”.

Sucesivas imágenes se colocan en geometría de ventana, como manchas de alucinaciones, sin guardar entre ellas relación causal; la unidad viene de adentro como los rayos secretos de un abanico que se abre hasta el poema total:

“Rosa cristalina
donde mis pechos crecen.
Alelíes,
purísima miel salvaje.
Ser agua,
transparente papiro,
donde el viento cuelga
su ala de golondrina”. (“Despertar”)

En el poema grandioso que María Eugenia Vaz Ferreira tituló “Único Poema”, ella se ve a sí misma como un ave extraña y singular que pasa solitaria sobre el inmenso mar de la vida goteando el sonido onomatopéyico de la soledad: “Chojé, chojé, repitiendo la quejosa mancha iba. . .”; al final del poema nos revela que esa ave extraña y solitaria es ella misma. El poeta se mira existir.

En el poema de Clara Barnatán “Abismo”, el tono es entrañable musitado, no grandioso,- pero sucede una experiencia semejante: una paloma de alas oscuras se pierde en la nochada solitaria. El ave de María Eugenia, tiene una peripecia: como al final del poema, Clara se reconoce en el ave, y le habla:

“Pasó una paloma
de alas negras
en la nochada solitaria;
una lágrima gimió
su destino
de imperceptibles cielos.
Amagó
un veloz ruido,
quiso ser
una isla,
un ser
quemando leños,
una caricia
de eternizado vuelo;
los naranjos tibios
de una sonrisa.
¡Ay!. . . Paloma, sigue
tu celestial trazo,
no te desangres
en vanos sueños.

En la poesía de Clara Barnatán podemos percibir la presencia de la naturaleza como instrumento del lenguaje poético, la presencia del cosmos que llega desde la tradición sálmica, porque después de todo, las imágenes son el medio de expresar las ideas, ya sea por asociación con lo semejante o disímil o para lograr una singular síntesis. Porque su poesía es la verdad singular de Clara Barnatán pero en unidad con la experiencia humana universal.

No se le puede pedir al poeta en su primer libro que sea completamente dueño de sus medios. El tiempo es el amigo del creador paciente como los vinos añejos.

Ella posee espíritu de verdad, lucidez intuitiva, honestidad y humildad ante el sentimiento, originalidad de expresión, riqueza de imágenes y sobre todo, sensualidad. Los elementos que integran los medios que aseguran la existencia indubitable de un poeta.

Con la gracia fuerte que le conocemos apartará lo que diluye la sustancia hasta transparentar lo que ella es: fulgor ceñido en un ágata.

ORFILA BARDESIO
Montevideo, Invierno del 79